Por Rocío de Juambelz

Recuerdo perfectamente el momento en que supe de aquella “extraña gripe” que había en China. Estaba en mi oficina, eran mediados de diciembre de 2019 y un amigo me mandó un enlace al WhatsApp con la noticia. Lo leí bastante interesada, pero de inmediato pensé que era como lo de las vacas locas o el ébola; que estaba lejos y me dije “pobres, ojalá se vaya pronto”. Creo que a mucha gente le pasó lo mismo que a mí, porque transcurrieron los días y a nadie le preocupaba más de la cuenta. Era algo que no nos afectaba, estaba en otro continente y era una de esas enfermedades que después de un tiempo logran controlar. Pero qué equivocados estábamos; con el paso de los días, y la llegada del 2020, nos fuimos enterando de que aquella gripa estaba ya presente en países de Asia y Europa. Escuchaba las noticias en el radio y me asombraba de su avance. Era un Coronavirus ¿había escuchado antes aquella palabra? No lo recuerdo, pero cada día se oía más y más y nos familiarizábamos con el término. Mis antenas se pararon cuando escuché a los expertos que indicaban que este virus se llamaría Covid-19 porque debían distinguirlo de los otros y seguía creciendo, era muy contagioso, en muchos casos mortal y no había vacuna. Bastante gacho el asunto. Yo seguía atenta e informada, pero con la sensación de lejanía y seguridad, de que a nosotros no nos iba a pasar nada. Pero en el momento en que la OMS declaró la pandemia y Disney cerró sus puertas, fue cuando yo, y todo el resto de México, sentimos pasos en la azotea.

Ya no estaba en china ni en Europa; Disney no va a cerrar si no es grave… analizamos, cuestionamos, justificamos. Incluso Estados Unidos minimizaba el problema. Pero como avalancha, prestigiosas universidades mexicanas, empezaron a decir que los alumnos ya no regresarían a los planteles y harían sus clases en línea… hasta ahí seguíamos en un limbo que contemplaba desde lejitos que algo grande se aproximaba, pero todavía podíamos correr a escondernos. Estábamos sorprendidos, asustados y expectantes. Era un plácido puente de marzo, el último que conoció nuestra vida, hasta ese momento normal. Aún recuerdo que ese sábado fui a comer con mis amigos para celebrar el cumpleaños de una de ellas, y todos comentábamos las novedades y opinábamos al respecto. Lo que nuestra mente no imaginaba, es que esa sería la última vez que nos veríamos y nos abrazaríamos sin temor y sin sana distancia. Los días posteriores inició el proceso para los cambios del trabajo a la casa, los planes, la protección y el tan sonado #QuedateEnCasa.

Muchos pensamos que sería un mes, quizá dos… hasta hoy ya son siete meses y contando. Yo he tenido días buenos, días malos, momentos de flojera, de angustia o de malestar. Me gusta estar en casa, pero la situación económica causa zozobra y miedo; cada vez se de más casos cercanos a mi entorno.

Tengo muy claro cómo fue presentándose todo, he seguido las estadísticas, las cifras alarmantes de muertes y contagios, los mensajes y las metidas de pata de las autoridades; también he visto que mucha gente no cree en esto y hasta piensan que los seres oscuros de otra dimensión nos quieren controlar; y pues cada quien sabrá su rollo, pero lo que me queda muy claro es que este encierro pasó de ser novedad a un castigo, a una rutina que no ve final, por eso muchos están cansándose y salen sin precaución.

La pandemia llegó, y solo en esto le doy la razón a Gatell: llegó para quedarse por mucho tiempo. Y tendremos que aprender a cuidarnos en todo momento de aquí a la eternidad. Ya no habrá eso de, “tengo gripa, pero voy a trabajar”, “me siento mal, pero no importa”. A partir de este caótico 2020: abrazos seleccionados, distancia perfecta y por supuesto, saludos de mano o beso, solo a tus allegados. Triste pero cierto.

SOPORTE AL CLIENTE

HORARIO DE ATENCIÓN

Lunes a viernes 9:00 a 18:30 hrs

Sábados 9:00 a 13:00 hrs

Aceptamos