Cuando empecé a jugar en los casinos tenía 20 años, estaba en la universidad, mis calificaciones eran altas y mis padres estaban muy orgullosos de mí.

Me ofrecieron un trabajo a través de un maestro y amigo. Yo acepté, y la vida parecía ser fácil. Tenía una novia muy linda que estudiaba en la misma escuela. Nos veíamos casi todos los días y teníamos planes de casarnos y tener hijos. Un día, me invitaron a un casino.

Yo jugué con prudencia, apostando poco, pero la máquina me dio un acumulado y me sentí abrumado por la cantidad. Todo era felicidad hasta ese momento, pero nunca imaginé que ese “premio” sería el peor castigo de mi vida. Me enganché con el casino creyendo que siempre ganaría así y sin darme cuenta, cada vez aumentaba la cantidad que apostaba y en poco tiempo lo perdí todo. Me sentía un estúpido y quise recuperar todo.

Esa es la esperanza de todo jugador, ganar para tapar todas las tonterías que hacemos. En mi desesperación por recuperarlo todo, perdí cada vez más. Mi novia y nuestros planes de casarnos desaparecieron, desatendí los estudios y finalmente perdí el trabajo. De aquella vida de éxito no quedaba nada. Mi padre me corrió de la casa avergonzado porque supo que robé en la empresa donde trabajaba, y enojado porque usé todo el dinero que él me había confiado para invertir en negocios que, en realidad, nunca existieron. Le robé a mi propio padre sin importarme lo que pasaría con mi madre y hermanas.

Eso aún me duele mucho. Cuando me vi totalmente solo, sin familia, sin novia, sin estudios, sin trabajo y sin dinero, entonces comprendí que estaba enfermo y que necesitaba ayuda. Recurrí a Jugadores Anónimos y apenas empiezo a ver una luz de esperanza.

"UN DÍA A LA VEZ".

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Anónimo.

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