“Yo no voy a estar saliendo a tocar puertas para que me compren”, “Yo no nací para las ventas”, “No me contestan el teléfono”, “Nunca me devuelven las llamadas”; “Me dicen que sí, pero no me dicen cuándo”; “Ya mandé cientos de cotizaciones y nadie me contesta”.
¿Te sonó familiar alguna afirmación de estas?

A la gran mayoría de quienes nos dedicamos a las ventas nos han taladrado estos pensamientos frustrantes y que penetran directamente a nuestra autoestima. Sobre todo, cuando sabes que tu ingreso está condicionado a lograr una cuota de ventas cada vez mayor. Y la presión es cada vez más grande.

Alguna vez tuve también esos pensamientos, hasta que comprendí algo: No es que odiara las ventas; sino lo que odiaba era el rechazo. Mi mecanismo de defensa me quería “proteger” para no seguir “sufriendo”. Ese mecanismo de protección hacía que no volviera a tocar la siguiente puerta, que no hiciera la siguiente llamada y que me paralizara.

A lo largo de mi experiencia entendí que la venta era solo el efecto de una causa: servir y dar valor a otras personas. Si mi enfoque estaba más en el servir que en el vender, lograba transmitir genuinamente ese sentimiento y la venta se daba por consecuencia.

Entendí finalmente que esa sensación de satisfacción de haber cerrado una venta; de tener un cliente satisfecho con mi servicio, quien seguramente me volverá a comprar en el futuro, y no solo eso, sino me recomendará con sus amigos, era razón suficiente para eclipsar cualquier sensación de cien rechazos previos.

Tú también enamórate del arte de servir y generar valor a los demás. No te enfoques en los rechazos; adóptalos como parte de tu labor y verás que la venta viene por añadidura. Todo depende en dónde pones el foco: en la causa o en el efecto. ¡Tú decides!

Manuel Chico Comas
Consultor en Ventas y Marketing

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