Este mes se conmemora el Día Mundial de la Lucha contra la Desertificación y la Sequía, fecha designada por la Asamblea General de Naciones Unidas para sensibilizar y recalcar la importancia de recuperar y rehabilitar el suelo degradado.

Para entender lo grave de este problema, vamos a definir la desertificación como el proceso en el que la tierra pierde su capacidad para que las plantas crezcan, por lo que los agricultores no pueden cultivar. Esto provoca menos disposición de los alimentos, la reducción o la pérdida de flora y fauna y de la cantidad de agua disponible en suelo.

Y si te parece un fenómeno lejano, vamos a una situación cotidiana: últimamente has oído decir ¡Qué caro está el jitomate! o ¡ya no llegan toronjas! Estas son consecuencias de la desertificación, pues si el suelo es árido, es más dificil producir frutas y verduras, lo que encarece su precio y hace más difícil que podamos llevarlas a casa.

La desertificación es un fenómeno que estamos heredando a nuestros hijos, nietos y bisnietos, pues en unos treinta años, la producción de alimentos se reduciría más del 10%. ¡Tendremos menos comida y mucho más costosa! El agua tendrá más sales y será escasa.

Otra consecuencia de la desertificación es la pobreza, al haber menos productividad en la tierra, muchas personas pierden sus empleos.

Los alimentos que consumimos, la ropa que usamos y las casas que habitamos provienen de los recursos del suelo. Tenemos que ser participativos y reducir el impacto negativo de nuestras actividades en el suelo.

Hagamos lo que esté a nuestro alcance: plantemos árboles —preferentemente los originarios de la región—, mejoremos nuestros hábitos de consumo, apliquemos la cultura de las 4R y ahorremos agua y energía. El planeta y el bienestar de todos lo agradecerán.

Por Julio César Domínguez Orta,

Centro de Investigación Científica de Yucatán

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